Sangre y huesos rotos en Tayikistán

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Si hay algo malo que te puede pasar en un viaje en moto es tener un accidente. Nosotros tuvimos uno en Tayikistán y todo se vio mezclado entre sangre, sudor lágrimas y huesos rotos.

Fueron momentos angustiosos. Fueron hospitales terroríficos. Inseguridad, temores, desesperanza. Nos llegamos a plantear volver a casa y terminar el viaje de Madrid a Mongolia en moto.

Hoy me río cuando cuento la historia y las cosas que nos pasaron. En aquel momento lloré. ¡Mucho!

Haciendo el tonto en el Pamir

Todo sucedió el día que salimos de Dushambe, la capital de Tajikistán, con dirección a la carretera del Pamir. Era el día que iniciábamos nuestro camino por esta mítica ruta. Llevábamos tan solo 70 kilómetros, estábamos muy cerca de la zona donde se acaba el asfalto y empiezan los caminos de tierra, cuando ocurrió la catástrofe.

Sangre y huesos rotos en Tayikistán

El golpe

Son las 4 de la tarde. Un coche frena de golpe en la carretera. Veo como nos acercamos al coche irremediablemente y de repente… Nada.  Levanto la cabeza, estoy tirada en el suelo, barro con la mirada mis alrededores en busca de Gonzalo. Veo la cazuela rodando, me sobrecoge ver nuestras cosas desparramadas por la carretera. La imagen da cuenta del golpe.

En seguida localizo a Gonzalo, me llama, veo que se arrastra para acercarse, pero no puede, se dobla y se queda tumbado boca abajo. Un frío de terror me recorre el cuerpo. Soy incapaz de ver, oír o sentir nada que no sea la urgente necesidad de acercarme, tocarle, ver que esta bien.

La gente nos empieza a rodear y Gonzalo, agobiado, les grita para que se alejen. Ahora me doy cuenta de que hay mensajes que no necesitan una lengua común, nadie necesitó una explicación de qué significaba aquel grito en español. Yo me quedo más tranquila, tiene fuerzas para gritar.

Me dice que está bien aunque veo una gran mancha de sangre en su blusa y se agarra en costado. No tiene buena cara. Nos incorporamos y ambos podemos caminar, ya es algo.

En ese momento me mareo y noto un intenso dolor en el brazo. Mi muñeca tiene un aspecto feo y me duele la mandíbula. Soy consciente de haber aterrizado con mi barbilla en el suelo, el casco es lo único que me ha salvado de quedarme sin boca (gracias Elena, el día que me regalaste ese casco ninguna de las dos imaginaba lo útil que me resultaría).

Un montón de gente sigue a nuestro alrededor. Es evidente que necesitamos un hospital.

De entre el gentío de mirones sale un chico que chapurrea algo de inglés. Nos dice que él y su amigo nos llevan al hospital y que su otro amigo se queda recogiendo nuestras cosas y cuidando de todo. No estamos para dudar, agarramos lo más importante y nos subimos al coche con ellos.

Recorriendo el Pamir

Gonzalo se está poniendo blanco y no puedo dejar de preocuparme por esa herida. Pregunto cuanto falta para el hospital, 3 kilómetros dicen. Miro en el móvil pero maps.me no indica ningún hospital cercano. A los 10 minutos (quizá fueron 2) vuelvo a preguntar y me vuelven a decir que 3 kilómetros. Cada vez me pongo más nerviosa.

Primeros hospitales

Por fin paramos el coche frente a un edificio ruinoso y enano. En el interior no hay luz y en las habitaciones del pasillo donde entramos solo hay espacios vacíos. Se escuchan llantos y gritos de fondo. Nuestros nuevos amigos se adelantan para preguntar y enseguida vuelven para decirnos que ahí no nos van a atender. Menos mal pienso, parece más un matadero que un centro médico.

De vuelta al coche. De vuelta a pocos kilómetros que se me hacen eternos. De vuelta a mirar a Gonzalo y preguntarme si aguantará sin desmayarse.

Llegamos a otro edificio viejo. Aunque de mejor aspecto que el anterior, lo que no es difícil. Es verde y blanco con desconchones en la pintura por todas partes. Está claro que es de tiempos de la URSS. Al entrar puedo constatar que las instalaciones son de tiempos de Stalin.

Subimos a la segunda planta y nuestros amigos hablan con un médico. Ahí nadie habla inglés. Hacen que Gonzalo se tumbe en una camilla y le miran la herida. Gonzalo me dice que no mire pero yo quiero saber qué tiene. Le meten una varilla por el agujero sangrante. Y con unas gasas limpian un poco alrededor. El médico dice que no es profunda. Noto como una losa que me oprimía afloja un poco. Siguen quitando sangre de los alrededores, el médico me mira ¿morfina? me pregunta. Le digo que sí, imagino que sea lo que sea lo que le vayan a hacer va a ser doloroso. Le pinchan y… ya, le despachan de la camilla. Sin coser, sin limpiar por dentro. Nada. Morfina y unas gasitas para un agujero sangrante. Oiga, que no será profundo pero sangre sale un rato.

De Dushambe a Qalai Khumb

Le dejan ahí tumbado y llega mi turno. Primero la radiografía. Vamos una sala donde me espera un hombre viejo y encorvado que ya era viejo cuando construyeron el hospital. Compañero de tabas de Matusalén. El aparato de radiografía es de la misma época. Me dan la radiografía y vuelvo a la sala donde están los médicos. Rezo con todas mis fuerzas para que solo sea un esguince. El médico mira la radiografía, me mira y me dice que no sabe si está rota (spoiler alert: tenía destrozado el radio). Pero ante la duda la más tetuda: me van a escayolar.

A todo esto aparece la policía por allí y nos empieza a preguntar por el accidente. No hablan mucho inglés así es que más bien nos miran y nuestros amigos hablan con ellos. Yo lloro y uno de ellos se preocupa por mi muñeca. Todo me parece irreal.

Me llevan a una sala donde me van a poner la escayola. Cual es mi sorpresa cuando veo que sacan una caja y empiezan a hurgar entre trozos de escayola. Sacan uno que les parece apropiado e intentan encajarme en el brazo una escayola usada. No entra. Empujan. Ni de coña. La giran un poco, no hay forma de que me encaje. Desisten con pena y sacan material para hacerme una nueva. Yo no termino de asimilar lo que pasa.

Cuando terminan con mi escayola nos dicen que eso es todo lo que pueden hacer por nosotros. Recapitulando: ni coser la herida, ni limpiarla como es debido, ni verificar lo que le pasa a mi mano… Nos mandan a Dushambe, allí nos atenderán en el hospital.

Volvemos a la capital

De vuelta al coche nuestros amigos dicen que vamos a parar un momento en su casa antes de llevarnos a Dushambe. Por lo visto el otro amigo ha llevado allí nuestra moto y nuestras cosas.

Una vez llegamos a la casa vemos que, efectivamente, han llevado nuestra moto y han llamado a un camioncito para cargarla hasta Dushambe. Hacen una prueba y la moto funciona perfectamente, de hecho no tiene ni un arañazo ¿cómo podemos estar nosotros tan jodidos y la moto perfecta?

Nuestras mochilas y cacharros también están allí. Lo suben todo al maletero del coche que nos llevará a Dushambe. Pero antes nos hacen entrar en casa. No nos podemos ir sin merendar. Té y tarta nos esperan. Gonzalo sangra, a mi me mata el dolor de la mano, pero la tarta y la hospitalidad que no falten.

Por fin nos ponemos en marcha de nuevo. Nuestra moto está subida, las cosas guardadas. Todos preparados para salir hacia Dushambe. Ya es de noche.

No llevamos ni 20 kilómetros del recorrido cuando paramos. Nuestros amigos nos hacen bajar, por lo visto necesitamos hacer no sé qué en comisaría. Y si creía que lo de los médicos había sido fuerte aún nos esperaba la incompetencia policial.

Quieren que hagamos una completa declaración de los hechos. Pero ojo, porque nadie habla inglés… Se les ocurre llamar a un traductor y, mientras llega, damos nuestros pasaportes para que tomen nuestros datos.

El policía, a pesar de tener un ordenador al lado, decide copiarlo todo a mano y al ritmo de un nene de 7 años. Todo va pasando a una velocidad exasperantemente lenta. Gonzalo tiene el costado lleno de sangre, yo rabio de dolor notando como el brazo se va hinchando y la escayola no le deja espacio. Ellos de charleta.

Por fin llega la traductora, una mujer joven y menuda que nos empieza a preguntar por nuestras vidas. Los limites de la paciencia son sobrepasados y Gonzalo y yo nos alternamos en los gritos. No queremos declarar nada, solo queremos ir a un hospital. Enseñamos las heridas, seguimos gritando. Y bueno, da absolutamente lo mismo.

El policia sigue con su lápiz y su goma escribiendo lo que le traduce la mujer de lo que ha pasado. Yo me pregunto qué le estará contando porque el nivel de inglés de la traductora es solo algo mejor que el del resto. En ese momento a mi todos me parecen unos retrasados. O, como dice Gonzalo, que les falta un caramelito.

Entre los nervios, el dolor y la impotencia nosotros nos reímos y gritamos. Nuestros cerebros ya no saben ni para donde tirar.

A todo esto nuestros amigos nos esperan en el pasillo pues les han prohibido la entrada a la sala donde estamos. En un momento dado uno de ellos nos pide que si por favor podemos decirle a la policía que les devuelvan el coche. Por lo visto les han requisado las llaves ¿Por qué le requisan el coche a una persona que te está ayudando? Nunca lo sabremos.

Pasamos un buen rato en comisaría hasta que por fin nos dieron unos papeles en tayiko que tuvimos que firmar, en los que, por lo visto, asegurábamos que no íbamos a reclamar nada al gobierno del país, que no queríamos denunciar a nadie y que todo estaba bien. Firmamos.

La policía quiere llevarnos personalmente a Dushambe, nosotros nos negamos. Nos montamos en el coche con nuestros amigos y salimos, por fin, a la capital.

Último hospital

Llegamos. Y damos vueltas como tontos por la ciudad porque nuestros amigos no saben llegar al hospital, se niegan a preguntar y entienden los mapas del revés.

Pero llegamos. Por fin llegamos a un hospital. Y lo más sorprendente, realmente parece un hospital.

Nos dirigimos a la zona de rayos y ante nuestra sorpresa aquello está lleno de gente yendo y viniendo. La maquina funcionando, haciendo radiografías y la gente paseando por allí como Perico por su casa. Las puertas abiertas, los acompañantes allí, pacientes, médicos… La seguridad les importa un pimiento.

Por fin llega mi turno. Me hacen la radiografía y me siento a esperar. Gonzalo ha ido a la zona de curas y ya le han cosido. Me cuenta qué tal le ha ido. Le han sentado en un mesa donde antes habían ayudado a una mujer. Cuando esta se ha levantado han limpiado la camilla de sangre con un trapo que han devuelto a un cubo de agua. Los instrumentos han sufrido la misma higiene, agua. Y nuestros amigos, por lo visto, se han ido a comprar comida.

Gran viaje en una moto 125

Me llaman para los resultados de los rayos.

– Tiene muy mala pinta –me dice el tipo de las radiografías. Esas cuatro palabras humedecen mis ojos. – Hay que operar –sentencia. Rompo a llorar ¿Cómo cojones me voy a operar ahí? ¿Entrar con una muñeca rota y salir con la mayor infección de mi vida? ¿Usarán cosas esterilizadas? Lloro. Y lloro. Porque en ese momento es lo único que sé hacer. Estoy asustada.

Ante la evidencia de la poca gracia que me hace una operación me proponen hacer una reducción externa. Consiste en dormirme el brazo e intentar colocar los huesos entre varios médicos. Me agarro a esa idea. Eso podría funcionar.

Mientras nuestros amigos han improvisado un picnic allí en el hospital en un despacho que han encontrado desocupado. La mesa del medico la han llenado de comida. Pan, mortadela, bollos… No me imagino la consulta de un doctor en España como sala improvisada para meriendas de pacientes.

Le médicos me duermen el brazo, tres tipos me agarran y empiezan a tirar de él en distintas direcciones. No noto nada. La reducción está hecha. Volvemos a hacer una radiografía. La cosa está mejor, pero no está bien. Las opciones vuelven a ser operar o esperar unos días y volver a hacer otra reducción. Yo vuelvo a votar por la reducción. No quiero entrar en quirófano allí, no quiero morir en Tayikistán por una muñeca rota.

Me escayolan por encima del codo hasta los dedos y me mandan a casa. En unos días tengo que volver. Salimos del hospital, estamos muertos de cansancio, lo único que queremos es ir a un alojamiento y dormir. Bueno, llorar también. Al salir nuestros amigos se dan cuenta de que no tienen ni idea de dónde han dejado el coche. Gonzalo y yo nos miramos, nos reímos.

No llegamos a un alojamiento hasta las 3 de la mañana. Y allí, en la entrada, están los otros chicos con nuestra moto.

Al despedirnos no somos capaces de expresar la gratitud por lo que esos chicos han hecho por nosotros, ¿qué hubiera pasado si no nos hubieran ayudado? Llevándonos de un hospital a otro, encargándose de la moto, de traducir.

Nos vamos a la cama. He sido un día muy duro y nos duele el cuerpo entero.

Al día siguiente buscamos un hospital privado, lo encontramos, y la pesadilla afloja. Me vuelven a hacer una reducción satisfactoria y me ponen una escayola moderna de un material plástico y que ocupa solo el antebrazo.

Después de esto pasamos un par de semanas de reposo en Dushambe. Queremos que la herida esté más cerrada y no corra riesgo de infección. Ni nuestros cuerpos ni nuestras mentes están para volver a la carretera.

Además, días después, a pesar de tener todo el cuidado con la herida, se ha puesto amarilla y hemos tenido que ir varias veces al hospital a que la limpien. Cuando la cosieron no lo hicieron muy bien y la suciedad ha ido entrando.

A todo esto aún no lo sabía pero la pequeña guerrera ya viajaba con nosotros, lo descubriríamos unos días después….

¡Ya sabes que siempre espero tus palabras e impresiones en los comentarios!

PD: Cuando los médicos en España han visto mis radiografías y el estado actual de mi muñeca han alucinado. Nadie se explica cómo soy capaz de mover la mano. Efectivamente era para operar.

He recuperado la movilidad y fuerza aunque voy al fisioterapeuta para recuperarme al 100%, cosas que pasará de aquí a unas semanas/meses.

Gonzalo tiene una cicatriz bastante grande pero, salvo la infección inicial, no ha tenido mayores problemas.

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Julia Del Olmo

Julia Del Olmo

A finales de 2013 empecé mi primer viaje sin billete de vuelta. Desde entonces he viajado trece meses a dedo por Latinoamérica, he pasado nueve meses en el Sudeste Asiático, he ido de Madrid a Mongolia en una moto de 125cc. Ahora ayudo a otros a organizar sus viajes con mis Cursos y talleres ¡Nos vemos por el Camino Salvaje de la vida!

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4 comentarios

    1. Te aseguro que fue un momento tenso!! Pero ya sabes, estas historias con el tiempo se ven de otra forma… ¡Mucho cuidado por Canadá! Aunque imagino que el sistema sanitario por allí será excelente 😉 Un abrazo!

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